Escritores nómadas: migraciones e identidad

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Por: Rebeca J. Agosto Rosa
Foto: Rebeca Agosto Rosa

Cuatro escritores “nómadas” que se mueven constantemente entre su país de origen y el lugar donde viven y trabajan, coincidieron el viernes 23 de octubre en el panel “Planeta nómada: Vivir fuera de lugar”, en el Festival de la Palabra. La discusión abarcó desde la posibilidad de trascender las tradiciones literarias nacionales, hasta las identidades marginadas en un mundo globalizado, el lenguaje como espacio de resistencia y el ser nómada entre géneros literarios.
 
Carlos Fonseca, quien se crió entre Costa Rica y Puerto Rico y reside en Londres, fue el primero en abordar el tema de la rigidez del concepto de nación, en el que muchos escritores no encajan. “Todavía creo que sentimos o leemos la literatura muy a partir de la nación, sobre todo en América Latina”, indicó en referencia a cuando nos preguntamos cómo calza el trabajo de un autor dentro de la tradición literaria de su país de origen.
 
Para el autor, no existe tal cosa como algo “puramente puertorriqueño” o “puramente costarricense”, y argumentó que esa noción de la unidad de la tradición nacional está siendo retada por el nomadismo, el exilio y la circulación de información. Una visión más porosa, planteó, permitiría incorporar los discursos del otro, los marginados y nómadas.
 
Pablo Brescia coincidió con Fonseca en que la cuestión de la nación “es una especie de condena”, “es algo que me entorpece justamente la circulación de territorios”. Como ejemplo señaló la forma en que lo identifican en distintos países: en el Festival de la Palabra se le considera escritor argentino, en Argentina es escritor residente en Estados Unidos y en Estados Unidos escritor latino. Al autor no le interesan ninguno de esos adjetivos, solo el de buen escritor.
 
Por otro lado, Ignacio Uranga, otro argentino, trajo a consideración la idea de que se puede ser exiliado dentro del país propio, que es el caso de grupos marginados como las minorías étnicas o raciales, y los homosexuales. Además, insistió en la escritura como un acto político y la lengua como un espacio de resistencia. “La lengua implica también saberes y está retenida en una cultura. Donde haya un saber, también va a haber poder”, afirmó.
 
También preocupada con los grupos e identidades marginadas, la profesora puertorriqueña en Estados Unidos, Dinorah Cortés Vélez, habló de cómo algunas identidades y grupos marginados son “obliterados”, “quedan al margen del discurso neoliberal de la globalización”, por lo que queda “utilizar la escritura como medio para atraer atención” sobre ellos.
 
Por último, los cuatro autores discutieron cómo más allá de los desplazamientos geográficos también migran entre géneros literarios, combinando ficción, biografía, prosa, poesía o ensayo en sus textos. Cortés Vélez, por ejemplo, identificó una de sus novelas como una biomitografía.